Hace 28 años, una madre esperaba impaciente. Eran otras épocas, épocas de guerra, tenían miedos, delirios de persecución y soñaba que su hija trajera con su nacimiento, la paz para el país, alegrías nunca antes vistas, esperanza para el pueblo o por lo menos para ella misma. Que la niña que nacería, trajera consigo un destino trazado. Un destino de felicidad, amor, sueños hechos realidad. Deseaba que la vida no le costara, que le fuera fácil el aprender a caminar, el aprender a leer, que no se cayera, que no se equivocara mas de de la cuenta. Que las matemáticas no fuesen complejas, que los idiomas se le facilitaran, que el portarse bien en la escuela se le diera fácil . Que al descubrir el amor por primera vez, fuese para siempre, pues se enamoraría de un príncipe que ella misma se lo había mandado hacer a "Ilobasco". Que al graduarse con honores del colegio, supiera exactamente que ella traía para la medicina. Y así fuera, se graduaría de médico a sus 25 años y se convertiría en una cirujana exitosa. A sus 25 años también se casaría con su príncipe azul y tendría hijos rubios que vinieran con el mismo destino trazado.
Pero la vida no es así. No es desear, no es de esperar perfección. La vida es de afrontarla, es de lidiar, de luchar, de llorar y a veces también de reir.
Esa niña, en efecto nació. Nació en en un período crítico. Se le ofreció lo mejor del mundo, se le abrieron los ojos, se cayó mas de mil veces, se levantó mas de mil veces. Le costaron las matemáticas, se le complicó el portarse bien en la escuela, le costó crecer, le costó saber que haría con su vida. Se enamoró, desenamoró, se enamoró de nuevo. Se le complicó crecer.
Así llegó a sus 28 años, cargando un exceso de equipaje, tratando de liberarse cada día. Esa niña conoció lo seductor del mundo actual. Y lo único que le queda de los deseos de su madre es la esperanza. La esperanza de un mejor futuro, la esperanza de que algún día se estará mejor. La esperanza de que la felicidad existe y que pronto la encontrará...

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