A las cinco de la tarde de cualquier día en El Salvador
se podía escuchar un concierto sin entonación ni melodía,
un concierto sin ritmos ni poesía pero si lleno de vida y si lleno de alegría.
No fue hace mucho que mi abuelo murió. No fue hace mucho que yo apenas tenía cuatro años y me encontraba en el Hospital de Diagnóstico viendo a mi abuelo agonizar, esperando que “El Avi” se fuera al cielo porque Papa Chuz ya lo quería tener cerca de él para que cuidara a los angelitos gordos y chulones que lo esperaban en el cielo.
Como cualquier criatura de cuatro años, yo estaba explorando el terreno. La verdad, no me importaba que El Avi se fuera al cielo con tal de que me dejaran jugar o andar correteando por el hospital. Fue allí cuando descubrí algo maravilloso: “el elevador”. Me llevaba para arriba y para abajo con tan solo presionar un botón que para colmo estaba hecho a mi medida. En uno de esos sube y baja, descubrí una ventana grande en el quinto piso del hospital y escuché unos sonidos que me dejaron boquiabierta. Me acerqué a la ventana y me subí a una silla. Allí ví algo que jamás había visto en mi vida, algo que nunca se me va a olvidar. Una visión llena de verdes, llena de alas, llena de movimientos y llena de belleza. En ese momento una enfermera se acercó a mi y me dijo, “Son las cinco de la tarde; los pericos vuelan desde adonde estén y se vienen a dormir aquí, a esos arbolones de la embajada americana.”
Me quedé atónita, jamás había visto algo parecido y mi cara lo reflejaba pues en eso llegó mi hermana mayor y me dijo entre llantos, “No se preocupe niña, El Avi ya está en el cielo con los angelitos.” No me acuerdo de cómo me sentí, no me acuerdo de lo que le respondí, ni siquiera me acuerdo de El Avi, pero si me acuerdo que esa noche soñé con las cinco de la tarde y lo que representaba para mí el ver esos cientos de pericos volver a casa a dormir.
Veinte años después todavía intento seguir a los Pericos a las cinco de la tarde. He regresado varias veces a la misma ventana pero la visión no es la misma. Ya no hay seis arbolones, ahora solo hay tres y ya no hay cientos de pericos, solo hay cien. En estos días, ya no encontramos a los pericos en el cielo de El Salvador a las cinco de la tarde o haciendo bulla en los árboles. Ahora los encontramos tras las rejas en alguna casa cantando anuncios de televisión o repitiendo palabras incoherentes. ¡Esto es denigrante! no sólo los encarcelan sino los hacen hacer estupideces… Estupideces humanas.
Encontramos a los pericos en las calles de San Salvador, siendo vendidos a tres dólares o en los hombros de algún niño que juega con el un momento y después lo encarcela nuevamente. Los podemos encontrar en los zoológicos personales de algunas familias, que creen que el tener tres dólares extras y una jaula les da el derecho de comprar una vida salvaje. Una vida que si no fuera por ellos estuviera volando por los cielos, cantando a todo pulmón, y adornando las cúpulas de los árboles con sus diversos tonos de verde.
A las cinco de la tarde de cualquier día en El Salvador se podía escuchar un concierto sin entonación ni melodía, un concierto sin ritmos ni poesía pero si lleno de vida y si lleno de alegría. Ahora los pocos pericos que quedan ya no cantan, ya no hacen bulla como antes pues no sólo los aprisionan, matan y humillan sino también les destruyen sus hogares, les arrebatan a sus crías, les destruyen la seguridad que les ofrecía un árbol. Con todo este sufrimiento los pericos que quedan ya no cantan solo lloran y se susurran entre sí por el temor de ser encontrados y encarcelados por el simple pecado de ser libres y salvajes.
Regreso veinte años después a la misma ventana en el quinto piso del Hospital de Diagnóstico a las cinco de la tarde y en vez de quedarme atónita por la belleza, simplemente me quedo callada para poder escuchar esos susurros de los pericos y esos llantos por haber perdido otro amigo.
Como cualquier criatura de cuatro años, yo estaba explorando el terreno. La verdad, no me importaba que El Avi se fuera al cielo con tal de que me dejaran jugar o andar correteando por el hospital. Fue allí cuando descubrí algo maravilloso: “el elevador”. Me llevaba para arriba y para abajo con tan solo presionar un botón que para colmo estaba hecho a mi medida. En uno de esos sube y baja, descubrí una ventana grande en el quinto piso del hospital y escuché unos sonidos que me dejaron boquiabierta. Me acerqué a la ventana y me subí a una silla. Allí ví algo que jamás había visto en mi vida, algo que nunca se me va a olvidar. Una visión llena de verdes, llena de alas, llena de movimientos y llena de belleza. En ese momento una enfermera se acercó a mi y me dijo, “Son las cinco de la tarde; los pericos vuelan desde adonde estén y se vienen a dormir aquí, a esos arbolones de la embajada americana.”
Me quedé atónita, jamás había visto algo parecido y mi cara lo reflejaba pues en eso llegó mi hermana mayor y me dijo entre llantos, “No se preocupe niña, El Avi ya está en el cielo con los angelitos.” No me acuerdo de cómo me sentí, no me acuerdo de lo que le respondí, ni siquiera me acuerdo de El Avi, pero si me acuerdo que esa noche soñé con las cinco de la tarde y lo que representaba para mí el ver esos cientos de pericos volver a casa a dormir.
Veinte años después todavía intento seguir a los Pericos a las cinco de la tarde. He regresado varias veces a la misma ventana pero la visión no es la misma. Ya no hay seis arbolones, ahora solo hay tres y ya no hay cientos de pericos, solo hay cien. En estos días, ya no encontramos a los pericos en el cielo de El Salvador a las cinco de la tarde o haciendo bulla en los árboles. Ahora los encontramos tras las rejas en alguna casa cantando anuncios de televisión o repitiendo palabras incoherentes. ¡Esto es denigrante! no sólo los encarcelan sino los hacen hacer estupideces… Estupideces humanas.
Encontramos a los pericos en las calles de San Salvador, siendo vendidos a tres dólares o en los hombros de algún niño que juega con el un momento y después lo encarcela nuevamente. Los podemos encontrar en los zoológicos personales de algunas familias, que creen que el tener tres dólares extras y una jaula les da el derecho de comprar una vida salvaje. Una vida que si no fuera por ellos estuviera volando por los cielos, cantando a todo pulmón, y adornando las cúpulas de los árboles con sus diversos tonos de verde.
A las cinco de la tarde de cualquier día en El Salvador se podía escuchar un concierto sin entonación ni melodía, un concierto sin ritmos ni poesía pero si lleno de vida y si lleno de alegría. Ahora los pocos pericos que quedan ya no cantan, ya no hacen bulla como antes pues no sólo los aprisionan, matan y humillan sino también les destruyen sus hogares, les arrebatan a sus crías, les destruyen la seguridad que les ofrecía un árbol. Con todo este sufrimiento los pericos que quedan ya no cantan solo lloran y se susurran entre sí por el temor de ser encontrados y encarcelados por el simple pecado de ser libres y salvajes.
Regreso veinte años después a la misma ventana en el quinto piso del Hospital de Diagnóstico a las cinco de la tarde y en vez de quedarme atónita por la belleza, simplemente me quedo callada para poder escuchar esos susurros de los pericos y esos llantos por haber perdido otro amigo.

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